Enseñanzas de los líderes de impacto
Desde hace tiempo tengo la suerte de conversar con personas que están transformando el mundo a través de sus proyectos. Lo hago en la serie #ConversacionesdeImpacto que publico en Diario Responsable, y también desde mi trabajo en ComBoca. Son entrevistas que me ayudan a reflexionar sobre el sentido del impacto en las organizaciones y que me han dejado lecciones valiosas que quería compartir.
Una de las más claras: el propósito no es un slogan. Es la brújula que sostiene los días difíciles. Antonio Espinosa de los Monteros, fundador de AUARA y Liux, me lo explicó así: “El propósito tiene que ser lo que te mueva en los días difíciles”. No basta con tener una buena idea: hace falta resiliencia, paciencia y compañeros de viaje que compartan la visión. Reconocer la importancia de la salud mental, hablar sin miedo para pedir ayuda, visibilizar esos momentos bajos… también forma parte del compromiso con un liderazgo más honesto.
Otro aprendizaje tiene que ver con la manera de crecer. María Guerrero de Acción por la Música nos recuerda que el impacto social no es algo accesorio, sino un compromiso profundo con las comunidades. Su proyecto apuesta por la música como herramienta de transformación, creando orquestas y coros para niños y jóvenes en entornos vulnerables y generando espacios de confianza, autoestima y pertenencia. Es un ejemplo de cómo un modelo innovador puede cambiar vidas, reducir desigualdades y construir futuro trabajando codo con codo con familias y escuelas.
La innovación también aparece en formas menos evidentes. Arancha Martínez, de itwillbe y Comgo, contaba cómo la tecnología blockchain les ha permitido trazar la gestión de fondos y poner al beneficiario en el centro. Su reflexión es clara: no se trata solo de recaudar más, sino de ser más eficaces para generar verdadero impacto social. Ella misma hablaba de la importancia de medir el éxito no por la cantidad de fondos gestionados, sino por el número de vidas mejoradas. Y advertía de un riesgo real: que la transformación digital mal gestionada pueda incluso poner en peligro a los colectivos más vulnerables. Es un recordatorio de que la tecnología debe ser una herramienta para el bien, no un fin en sí misma.
Hablando de liderazgo, Pablo Sánchez, impulsor de B Corp en España, defendía la idea de que las empresas necesitan “identidad, estructura y comunidad” para sostener su compromiso con el impacto. Recordaba que muchas pymes o startups de impacto encuentran más fácil el camino hacia ser B Corp porque nacen con ese propósito integrado. Pero también resaltaba la importancia de los grandes cambios culturales que requieren tiempo y determinación en empresas más grandes. Al final, se trata de integrar la sostenibilidad en el corazón del negocio, no solo como un departamento o un informe.
Manuel Lencero, desde Unlimited, hablaba de la “economía del desinterés”, esa que no se centra solo en la rentabilidad inmediata. Su enfoque parte de reconocer que las empresas no son raras si generan impacto social, sino todo lo contrario: que lo extraño debería ser la que no lo promueven. Me quedo con su idea de que el cambio sistémico exige valentía, coherencia y también tiempo. Porque transformar una cultura empresarial no ocurre de un día para otro. Hace falta liderar con el ejemplo, convencer con hechos y crear alianzas que contagien esa forma de hacer.
En otro extremo, pero con la misma claridad de propósito, Amaia Rodríguez, de The Gravity Wave, contaba cómo su empresa social nació de una experiencia personal: ver playas paradisiacas del sudeste asiático cubiertas de plástico. Su historia muestra cómo el propósito bien definido no solo orienta las decisiones, sino que ayuda a convencer a otros -en su caso, a miles de pescadores- de que pueden pasar de ser parte del problema a ser protagonistas de la solución. Además, ilustra que un propósito claro te obliga a tomar decisiones difíciles: rechazar atajos tentadores que podrían comprometer la misión.
Por último, Irene Milleiro, desde Ashoka, compartía que ser changemaker significa no conformarse con dar pescado ni con enseñar a pescar, sino con transformar la industria pesquera. Su invitación es a pensar en grande, a no quedarnos solo con soluciones locales o puntuales, sino a generar cambios estructurales. Irene reivindica algo que me parece clave: la necesidad de crear alianzas, de compartir conocimiento y de entender que nadie transforma nada en solitario.
Todas estas voces tienen estilos y trayectorias diferentes, pero me han dejado una convicción común: el impacto no es un adjetivo que se añade a un negocio, sino el resultado de repensar desde el origen para qué existe. Y también de reconocer que este camino no es fácil, que necesita de redes de apoyo, de autocrítica y de la humildad para seguir aprendiendo. En ComBoca trabajamos precisamente con empresas y organizaciones que quieren que la sostenibilidad y el impacto no sean solo una declaración, sino una forma de hacer las cosas. Y yo, personalmente, sigo aprendiendo mucho de estas conversaciones.
Pablo Martín Sánchez
Director de Sostenibilidad en ComBoca y colaborador de Diario Responsable
